Cuando los padres de Leonardo se mataron en un accidente de avión, Leonardo se fue a vivir con su abuelo. El abuelo tenía una mansión y pasaba los días leyendo a Marcos Aguinis y tomando whisky. Andaba en silla de ruedas y una empleada le hacía de comer, limpiaba la casa y le cambiaba los pañales. Leonardo prácticamente no hablaba con su abuelo. No iba al colegio. No hacía nada. Cuando se emborrachaba, el viejo sacaba una foto ("la" foto) y le daba largos discursos paseando la silla de ruedas por el parquet del estudio. En "la" foto, el padre de su abuelo, o sea su bisabuelo, aparecía sentado al lado de Roca en la borda de un barco. La esposa de Roca había muerto y el bisabuelo había hecho trescientos kilómetros a caballo para interceptar el barco en el que viajaba el presidente, subir y darle la noticia.
Este es Roca, decía el abuelo.
Leonardo miraba: Roca contemplando pensativamente la punta de sus zapatos.
A veces lo iban a visitar antiguos camaradas y se quedaban tomando whisky y discutiendo los destinos del país hasta altas horas de la noche. Leonardo se iba a estudiar un libro sobre los gliptodontes que había encontrado en la biblioteca. Los gliptodontes tenían el tamaño de un Fiat 600, vivían bajo tierra y salían cada tanto a copular, llenando el campo argentino con sus caparazones ovalados. Una vez, mientras veía las ilustraciones, Leonardo oyó a su abuelo y a su amigo discutir a los gritos. Otra vez los oyó cantar La marcha de San Lorenzo.
Un día el abuelo se metió en la cama y no se quiso levantar. Después se murió. Antes, mandó a llamar a Leonardo y le dijo: En el patio hay enterrado un cofre con monedas de oro. Desenterralo, vendé las monedas, conocé una buena chica, preñala y tratá por todos los medios de tener una descendencia digna. ¿Estamos?
Leonardo hizo que sí con la cabeza.
Después del entierro, Leonardo lo hizo cremar y puso sus cenizas en un cofre encima de la chimenea. Se dio vuelta y vio a la empleada, que lo miraba sin saber qué hacer. La empleada se llamaba Margarita y tenía veinte años. Leonardo pensó un rato y al final le propuso que buscaran juntos el cofre. Si lo encontramos, le dijo, te doy la mitad. Así que cavaron durante semanas en diferentes zonas del patio, y después rompieron el parquet del estudio, descolgaron los cuadros, arrancaron el papel de las paredes. Ni noticias del tesoro.
Al final, Leonardo se recostó junto a Margarita y tuvieron una hija: Mercedes. Cuando les faltó la plata empezaron a vender cosas del abuelo: una vieja pistola, los libros, el uniforme militar con los galones de honor. La casa era grande y la familia de Margarita se fue mudando, de a poco, primero sus padres y después sus hermanos y después los amigos de sus hermanos. Se oía cuarteto todo el día. La soga del patio estaba siempre llena de ropa. Una de las habitaciones empezó a funcionar como peluquería. En el garaje se arreglaban motos y bicicletas. Alguien utilizó el reverso de la foto de Roca para anotar la receta de un bizcochuelo.
A Leonardo no le importó. Se había hecho un tatuaje con el con el nombre de su hija en el brazo. Se había echo un corte de pelo a la cubana.
Para Navidad, sacaban el equipo de audio al patio y comían chancho y tiraban a las mujeres a la pileta, que a esa altura ya estaba podrida y llena de musgo.
(publicado esta mañana en el, ejem, suplemento de cultura de Perfil)